Hay que seguir tomando, no hay de otra
Febrero 4, 2010 by Carteles
Totontepec Villa de Morelos, un municipio de la Sierra Mixe, celebra su gran fiesta en honor de San Sebastián Mártir
Texto y Fotos: Carolina FERNÁNDEZ GALINDO/El Imparcial de Oaxaca-AMEX. Oaxaca, Oax., (23 de enero).- Totontepec Villa de Morelos, Oax.-Todo está preparado para la gran fiesta en este municipio de la Sierra Mixe, rodeado de verdor y de montañas características de esta región oaxaqueña.
Son las 10 horas y en el cielo ya retumban los cuetes y la banda va recorriendo el pueblo. La feria está lista, y el esperado jaripeo también. Los puestos improvisados de comida y bebidas poco a poco se van llenando. Al fondo yace, como velando por su pueblo, la imponente iglesia que data de 1900, pero que debido a un incendio fue reconstruida de 1979 a 1983. En sus muros de color amarillo es venerado, rodeado de flores y velas, a quien se atribuye tanto revuelo: San Sebastián Mártir.
Dos veces al año este pueblo tira la casa por la ventana, el 3 de mayo, en honor a la Santa Cruz y en esta ocasión, por el patrono de Totontepec, que es festejado del 10 al 26 de enero. Vecinos de poblaciones aledañas, mixes que emigraron al Distrito Federal o a los Estados Unidos para buscar una mejor vida, preparan todo para estar ahí, aunque sea el 20 y 21 de enero. “Justo el merodía”, comenta un totontepecano.
La fiesta fue posible debido a que cada habitante dio su contribución y a las aportaciones de aquellos que decidieron emigrar, pero que cada año están presentes. “Todos en el pueblo les damos de comer a la banda”, comenta un habitante ya entrado en calor, gracias a varios mezcales.
La banda, que anteriormente tocaba en la casa del mayordomo, hace una parada en el hogar del maestro de la Danza de los Negritos, Felipe Ortega Pasos. Al exterior del domicilio se reúne una veintena del pueblo, quienes brindan con cervezas y cocacolas donadas por el maestro, mientras esperan a que salgan los danzantes; en el interior Ortega prepara a los ocho integrantes de ese tradicional baile “proveniente de África”, según cuenta Ortega, quien lleva 13 años dirigiéndolo.
Vestidos con un traje de terciopelo negro, bordado de lentejuelas plateadas y guaraches negros, que parecían de charol, los danzantes se ponen sus gorros, mientras que en su brazo izquierdo sostienen un palo de madera y en el derecho, sus castañuelas. En su pecho colgaban máscaras de tez morena, fabricadas por Artemio Cabrera, un artesano del pueblo.
En una tarde calurosa, contrario a lo que se esperaba en una zona de temperatura promedio de 16 grados centígrados, los de la banda emprenden la marcha a la iglesia, y tras ellos, entre sones y cuetes, los integrantes de la Danza del Negrito y una treintena más que se ha unido al revuelo. A su llegada, se alinean en fila india y sale el párroco Hermenegildo Castillo a darles la bienvenida: “Para seguir alegrando la fiesta, vamos a hacer nuestra oración y vamos a pedir la bendición por ustedes”, reza el párroco. “San Sebastián, ruega por nosotros”, concluye.
Después entran a la iglesia, se inclinan, rezan y luego son frotados con las gladiolas y las velas que rodean al mártir, que yace sobre un tronco de madera. Inmediatamente después salen a la explanada y se acomodan para empezar a bailar. “Ahí te acuerdas, güey, no la vayas a calabacear”, le dice un colega a otro antes de empezar. 11 en punto suena el reloj de la iglesia y los ocho negritos, pequeños y elegantes, de nariz respingada y cara afilada comienzan a dar pequeños brincos y resonar sus castañuelas durante 45 minutos.
En un municipio que, según cuenta la leyenda, fue defendido por su más grande dirigente mixe Congoy Condoy, y que nunca fue colonizado por los españoles, sus pobladores luchan por sobrevivir de la agricultura y del alcohol para “olvidar las penas”. Los puestos improvisados se rodean de niños que buscan los tradicionales tamales con caldo de res, de pollo y guajolote o “un chicharrón con harta salsa”, que pide una pequeña de no más de 6 años de edad. También están los adultos, que se curan la cruda de los días anteriores y se preparan para la que vendrá mañana.
“Yo conocí la pobreza y ahí entre los pobres jamás lloré”, entona un hombre de más de 50 años, acompañado de su guitarra. “Hay que seguir chupando, no hay de otra”, comenta Fernando, quien desde los 13 años empezó a consumir alcohol; mientras levanta su Tecate en lata para brindar con nosotros. “Yo viví en Estados Unidos, pero hacía un chingo de frío y decidí regresarme”. Fernando prefirió Totontepec, pues aquí no paga renta y come del frijol y el maíz que él y su familia siembran.
“Papi, papi, dame para ir a ese juego”, dice un niño de tres años, mientras señala con su dedo índice al carrusel de la feria. Su padre, que minutos antes hablaba dialecto mixe, saca de sus pantalones Levi’s un fajo de billetes de 500 y 200 pesos. “Dile a tu mamá que te lleve”, le responde el hombre de unos 40 años a su hijo, a la vez que le da un billete de 200. Luego, se frota sus dos cadenas de oro que reposan en su camisa marca Puma, le echa un ojo a su reluciente anillo, como para asegurarse de que sigue ahí. Y moviendo sus zapatos negros puntiagudos nos dice: “¿Qué les invito?”, “Dos Coronas para los gringos”, se escucha al fondo.
“Desde morrito le entro al trago”, nos cuenta a quien llaman El bigotes de elote; “trabajando y entrándole al chupe, pues así se aguanta más”, interrumpe Fernando, serio, con la mira hermética e impenetrable de una persona que vivió el peor lado de Tepito, en su paso por el DF. La cicatriz que le atraviesa la frente es testigo.
Al fondo, el altavoz ubicado en el Palacio Municipal, que se empezó a construir en 1907, anuncia el torneo de basquetbol, el deporte más practicado en Totontepec. Ahí, la banda ameniza cada encuentro varonil y femenil, que cuenta con una pantalla digital para anotar los puntos, pero según pasa el tiempo y las canastas, la pantalla sigue marcando “ceros”. También empiezan a anunciar el evento más esperado del día, el jaripeo y la presentación de los Enanitos Toreros de la Plaza México y su manager El siete copitas.
Por fin, casi todo el pueblo se congrega alrededor del jaripeo. “Agradezcamos al Presidente Municipal que, gracias a él, se logró este evento, porque él y su cabildo sí trabajan, no como otros presidentes que sólo buscan enriquecerse”, es como presentan el jaripeo, en el cual se repartirían 21 mil pesos entre los ganadores.
Diecinueve jinetes, la mitad de ellos alcoholizados, muestran su valentía montados aleatoriamente en el ganado traído de diferentes pueblos. Al fondo, la banda totontepecana ameniza el llamado Jaripeo Ranchero.
“Primeros auxilios, primeros auxilios”, vocea el narrador del torneo; minutos después ingresan dos hombres a reanimar a un jinete revolcado, uno con un bote de alcohol etílico en la mano y el otro con una botella de mezcal. “No se confíen”, le dice el locutor al herido valiente… “Los toros son como las mujeres, cuando se cansan de uno nos mandan a la chingada”, se dirige a quien bebe tragos de mezcal para reincorporarse.
Luego, el show de los Enanitos Toreros, que entre albures y groserías, alcanzaron el clímax del evento. Y a las 18:30 un escenario semi vacío, rodeado de casi puras mujeres, presenció el palenque, donde un hombre gallardo montado sobre su caballo entonaba canciones rancheras; los hombres al final le dieron gusto al cuerpo y abarrotaron las cantinas.
Entrada las nueve de la noche, un impresionante castillo de juegos pirotécnicos, “más alto que la iglesia”, fue quemado. En el Palacio Municipal, el grupo Mar Azul se preparaba para “aguantar” toda la noche y así dar por terminada una jornada más en honor de San Sebastián Mártir. Al día siguiente, la historia sería casi la misma: alcohol, cuetes y jaripeo para celebrar a éste, su santo patrono.








Comentarios
ESCRIBE TU COMENTARIO AQUI...
PUEDES USAR UNA IMAGEN CON gravatar!
You must be Identificado como to post a comment.