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Una princesa sin corona

julio 6, 2009 by  

Ramón Gutiérrez De  Gasperín en ocasión de su cumpleaños. 
Emelina Escobar Arias, tuvo un romance apasionado y encantador con un hombre llamado hasta hoy Jaime González de Cossio, hijo bastardo de Alfonso XIII; la historia, por supuesto que se desarrolla en el Istmo de Tehuantepec y la protagonista es la hermana mayor de mi madre.
Para que no vayas a pensar que soy una hija de «nadie», diré simplemente que mi linaje es muy antiguo. De pequeña mi abuelo Constantino me hizo creer con suaves dedazos que mi padre había muerto, pero esta historia te la contaré más adelante, espero poder engarzar con precisión los eslabones que forman el rosario exacto de mi vida para no perderlos ni enredarlos. Así comienza la historia. 
 
Alfonso XIII, se casó en España con Victoria Eugenia de Betenberg, de esa unión nace el Rey Juan Carlos, quien años después se une con la Reina Sofía, pero esta historia no nos interesa, en realidad quien dará los verdaderos pincelazos a nuestra página de hoy es Alfonso XIII, quien viviendo en palacio, tuvo un romance con una mujer que trabajaba de noche de nombre María Del Pilar Ortiz, quien al saberse preñada abandonó la corte y se fue a vivir a Santander.
Allá nació un hermoso varón a quien le dio el nombre de Jaime, pero su padre Alfonso XIII, para no perder los pasos de su sangre en este bastardo, lo dio en adopción con Francisco González de Cossio, hombre con quien mantenía una amistad estrecha, este señor perdido y sin historia fue quien lo crió, le dio educación y siendo adulto lo mandó a viajar por todo el mundo. Era un tipazo, cuentan quienes lo conocieron que tenía espaldas de guerrero, cabello rizado de color castaño claro, la nariz romana y ojos de gato, era un seductor que su sola presencia de chulo fino excitaba a las mujeres.
Sin saberlo creció como un verdadero noble y aprendió seis idiomas, llegó a América en busca de aventuras típicas en los jóvenes que desean darle sentido a sus vidas y trabajó en Los Pinos cuando era presidente de la república Manuel Avila Camacho. Por los años de 1945-1946, llegó al Istmo de Tehuantepec, y aunque podría mi familia mandarme a las albercas de azufre situadas en el infierno, afortunadamente la protagonista principal descansa hoy dos metros bajo tierra. Llegó como topógrafo en la construcción de la carretera Transistmica.
En esa tierra de mujeres guapas por la buena cruza, conoció a Emelina Escobar Arias cuando apenas tenía 17 años… La mujer en edad de amar, se dedicaba a bordar y cuando lo conoció supuso que era el hombre con quien pasaría el resto de sus días, aunque no se casó con él, vivió un amor apasionado que le volteó el destino para siempre. Era un hombre elegante además de todos los atributos que le enumeré, y aunque no era el hombre perfecto, era un caballero con buen sentido del humor, divertía a Emelina con sus canciones, la mantenía con la boca abierta contándole sus aventuras que nadie creía, le regalaba versos, la ablandaba con besos y simplemente con tocarla tenía el poder de transformarle el llanto en suspiros y el enojo en deseos…
Era verano cuando Emelina y Jaime González de Cossio, salieron a dar un paseo, la tierra palpitaba, tibia, fértil con fragancia a plátano, lejos de la mirada de los demás para no dar pie a las habladurías de la gente y cuando se encontraron cerca de un río, el hombre juntó hojas secas de plátano para hacer un nido, se quitó los zapatos y puso una manta para que ella se sentara y en seguida le enseñó sin prisas algunas ceremonias del placer. Llevaban unas tlayudas, queso fresco y una botella de vino que descorchó con la agilidad de un ilusionista, mismo que bebieron en sorbos traviesos de la boca del uno y del otro.
Era un hombre irresistible, por lo mismo la supo despojar de la blusa y le lamió los senos, le dijo algo así como que “eran de duraznos”, maduros  y dulces y la siguió explorando con la lengua hasta que creyó morirse de gusto y amor. Jaime se tendió de espaldas sobre las hojas y la hizo montarlo, desnuda húmeda de sudor y deseo, porque caballero al fin quiso que ella impusiera a su gusto el ritmo de la danza. Así, poco a poco y como jugando, sin susto ni dolor, terminó con su virginidad y entró al paraíso del amor. En el momento del éxtasis levantó los ojos a la verde bóveda de bosque y más arriba, al cielo ardoroso del verano, hasta que gritó largamente de pura y simple alegría.
Comenzó, como suele suceder, y cuando el hombre desaparecía como fantasma, se le calentaba la cabeza de ira y decidía expulsarlo de su vida, pero tan pronto reaparecía con una excusa leve y sus manos de sabio amante, que volvía a someterse a sus caprichos más finos y dulcemente perversos. Y así, entre seducción, promesas, entrega, dicha y amor, una mañana abandonaron Tehuantepec sin rumbo fijo, se fugó con él a sabiendas que su padre la amarraría pegada al pilar de la casa porque el pueblo ya murmuraba y la boda sería imposible. Tres meses después volvió, Jaime, aventurero al fin se marchó en busca de nuevos horizontes con la promesa de volver y ella se quedó en espera, bordando, tejiendo  y todo lo necesario para el niño que ya venía en camino.
Para entonces Emelina ya tenía su  reputación por los suelos, una gitana le anunció larga vida y le vendió el secreto para que el hombre no la olvidara nunca; una hoguera de impaciencia le quemaba el cuerpo, sus noches eran un infierno y se revolcaba reviviendo los abrazos felices con Jaime, moría de rabia por haber nacido mujer y estar condenada a la prisión de las costumbres. Jaime no volvió, a cambio llegaban cartas que la hermana mayor de Emelina, una señorita y amargada solterona, escondía celosa en un baúl de cedro. La niña nació el 11 de mayo de 1947, llegó al mundo el resultado de aquel amor sazonado bajo la sombra de grandes platanares.
Al abuelo Constantino se le doblaron las manos cuando le entregaron a una niña blanca con ojos profundamente negros, misma  a quien dieron el nombre de Araceli y que reconoció como su hija. Pasaron tres años y Jaime González de Cossio al no recibir respuestas de su amada, decide volver al Istmo en busca de Emelina, quien a esas alturas estaba matrimoniándose con Cástulo De Aragón. Se había cansado de esperar y comenzaba una nueva historia al lado de otro hombre, la pequeña Araceli se quedaba sustituyendo su lugar con sus padres.
La llegada de Jaime González de Cossio, despertó el miedo en el abuelo Constantino quien escondió a la niña para que el caballero no la viera, quiso responder como hombre ante las consecuencias y anuló el registro anterior dando sus apellidos a su pequeña heredera. Habló con el corazón y dejo patente que deseaba un día volver por la niña para darle lo que ella se merecía, en honor del amor que mantenía por Emelina. Otra vez se marchó y la niña siguió su vida, con un destino incierto cumplió doce años, terminó la educación primaria e ingresó a la secundaria. Nunca su abuelo le había dicho de la existencia de su padre, mucho menos que llevaba los apellidos reales, al contrario, estaba matriculada en la escuela con el nombre de Araceli Escobar Arias, pero al tener el acta original para continuar sus estudios, brincó de ira, se jaló los pelos de enojo al descubrir que le habían escondido la existencia de su padre…
Los años pasaron y Araceli se convirtió en mujer, no sabía nada de su progenitor hasta ese momento, precisamente el día de su boda con Antonino Aguilar cuando la tía Ernestina, sacó las cartas que por años Don Jaime González de Cossio, había enviado para su madre y otro tanto para ella. Las puso en una bandeja a medio patio y les prendió fuego. Araceli corrió por pura corazonada y pudo rescatar una fotografía que hasta hoy conserva como único rastro del hombre que le dio sus apellidos y que la buscó por años a contra corriente de las decisiones del abuelo, un hombre fuerte y enérgico que temió perderla.
Araceli se fue a vivir a la capital de Oaxaca y ahí nacieron sus cinco hijos. Las cicatrices en Araceli han estado a flor de piel, vive todos los días en espera de la buena suerte, añora en cada noche de luna llena cuando todos duermen poder conocer a su padre.
Emelina, su madre, tuvo cinco hijos más, a quienes no pudo tratar como hermanos sino como sobrinos, porque siempre vivió creyendo que su padre era el abuelo Constantino. La tía Ernestina (la tía solterona), murió de vieja, los abuelos también se fueron de este mundo y parte de la generación completa se han ido conforme pasan los años.
Araceli volvió la última vez al Istmo de Tehuantepec cuando la abuela murió, abandonó el sitio donde se crió, creció bajo la sombra de sus abuelos hasta el día que abandonó aquella casona vieja hecha con frescos ladrillos, se llevó el sonido del tren en su corazón que la despertaba de madrugada y que pasaba cerca de la casa. No ha vuelto a estar en la iglesia de San Sebastián y mucho menos en las procesiones de semana santa cuando el abuelo la llevaba para admirar el desfile de los hombres vestidos de negro dando vueltas sobre un ataúd de cristal donde descansa Jesús con el cuerpo ensangrentado, tampoco ha pisado por los callejones sombríos y mucho menos cruzar el puente de fierro que hace temblar el cuerpo entero por la fuerza de los autos…
A sus sesenta y dos años, Araceli, mantiene en su alma y su corazón recuerdos; la pequeña pero a veces lejana esperanza cada vez más de conocer a su padre; supone que ha muerto, ha sabido de la existencia de dos hermanos que nacieron del matrimonio con una mujer en Argentina de nombre Martha Castelán.
Dejó hace mucho de ser aquella niña con trenzas y rodillas encostradas que un día fue, mira la fotografía de su padre que ahora ha colocado en un altar y sueña con haber sido cargada por él y lanzada a los aires muriéndose de risa y miedo, deja caer un par de lágrimas y suspira, en ese suspiro van sueños, ilusiones y una última esperanza; encontrarse con él en el mas y muy lejano allá, donde la esperanza y los sueños no tienen tiempo, no caducan y mucho menos mueren.   
 
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